sábado, 16 de octubre de 2010

...La siempre bien sobrevalorada "Pasión"...

Y sí, eso de escuchar por todo lado las maravillas de la Pasión, esa que solamente sale a colación cuando de patriotismo, lascivia y (sobre todo) fútbol se trata, es enfermizo para mí...

¡Es que pareciera que en esta vida todo tiene que ver con Pasión! Pasión es, entonces, el motor de las salidas de tono de todos: "Es que Juanito es muy apasionado con su trabajo!", pareciera decir uno que otro conocido del susodicho, todo para justificar al energúmeno que sale de él cada vez que no puede controlarse y decir las cosas como debe.

Pasión es, también, ese elemento caído del cielo, que puede identificar la presencia o ausencia de mi amor a mi tierra... Es que ahora, en este país, decir que hay cosas que siguen mal y que todavía hay profundos problemas es ser apátrida o un terrorista enemigo de la patria (que me lo han dicho muchas veces, una gran herencia de nuestro mesías nacional, un hombre "limpio" y derecho... demasiado derecho, en realidad)...

¡Ah! Pero eso sí, decir que aquí, desde que subió al poder cierto personaje todo está bien, todo es color de rosa, es ser patriota... Sin contar, claro está, con que hay que hacer cuña y rendirse a la evidencia de que Colombia es Pasión, como ahora se llama el movimiento sentimental más montado, artificial y mercantil que haya visto jamás... y eso que, a estas alturas de la vida, hablar de sentimientos artificiales es redundante...
Esa es Pasión, señores. Tiene nombre propio, porque llamarla la pasión es ofensivo para ella, que es tan particular como bien reputada.



Y es que Pasión, por lo bien reputada que es, es bastante sobrevalorada. Es tan insulsa y tan endiosada, que ahora creemos que ella debe estar presente en todo. Solo que Pasión solo existe cuando nos conviene...

O que digan si no, que (hablando de fútbol) por estas tierras bravías (y otras al occidente, como San Polanco) se nos está pegando la manía de hacer una tragedia particular de cada hermosa metafórica batalla que libramos los que amamos y disfrutamos este deporte, enrareciendo un ambiente bello, solo porque equivocadamente consideramos que por ganar a jugar banquitas en la cancha del barrio, vamos a levantar la Jules Rimet...




Pelear si gano, pelear si pierdo; pelear si juego, o si no; dejarlo todo en una cancha, como si me pagaran por ello: un círculo vicioso que nunca para, y convierte un bonito arte en una réplica exacta de nuestro contexto... Ojalá esa misma pasión (no la de nombre propio) nos embargara para hacer otras cosas... Así no se puede jugar, lástima...

Pero igual, qué carajos importa?

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