... La culpa de todo la tienen los spaghetti alla bolognesa...Los detesto, simplemente no los soporto...
Por lo demás, todo sigue su curso normal, salgo con mi piano al hombro a la 1:30 a un lugar donde me esperaban a la 1:30; llego, y como es costumbre, aún no hay nadie (una costumbre milenaria de mi pueblo, para que entienda alguien de afuera, just in case). Claro! ¿qué sentido tiene reunirse a la 1:30, si lo importante era a las 4:30?
... Después de encontrarme con todos, y de preparar lo que tenía qué hacer, para lo que me habían llamado, veo la hora y noto que hace falta hora y media... una larga espera, pues me parece un despropósito volver a casa para salir de nuevo...
Justo en ese momento recuerdo que algo hace falta en la rutina diaria, no por vacío físico, sino por mecánica cotidiana, por exceso de tiempo, así que busco un lugar donde sentarme tranquilamente por un largo tiempo...
La única opción: un restaurante llanero, con música en vivo y ambiente familiar... resignado, me rindo ante la evidencia y entro a ese lugar, donde el sombrero es el factor común y se funde con el arpa, las maracas, el bajo y el cuatro, acompañando al destemplado cantante...
Me siento al frente de dos hermanos; él, de 17; ella, de 15... aproximadamente... justo después llega un hombre mayor con traje típico, acompañado de dos mujeres; una, ya mayor y otra bastante joven en comparación al hombre. A primera vista, parecen su mujer y su hija, respectivamente. El par de muchachos habrán de ser sus nietos, pienso yo.
Analizo las posibilidades, analizo mis bolsillos... no tengo opción: "Tamal llanero", escojo. Era eso, o chicharrón. Los dos muchachos observan a mi mesa apenas llega mi pedido, parecen reirse; imagino que les es ridículo ver a un caleño con guayabera comiendo tamal llanero... sus risas paran apenas volteo a mirarlos...
Al fondo, el eterno Em - Am - B7... el típico cuarteto llanero interpreta un joropo... El bajo retumba, mientras su dueño mira alrededor, aburrido por su constante repetición de notas (facilmente diagnosticado por su deseo de cambiar la melodía constantemente) el cuatro, tocado por el dueño del restaurante, casi no suena... mientras, el arpa se roba toda la atención y su intérprete observa al público con esa acidez displicente que acompaña a los virtuosos de medio rendimiento... El de las maracas, con una resistencia física envidiable, resiste implacable, con constancia y movimientos aguerridos, cada una de las canciones, así esté definitivamente fuera de tiempo, en comparación a los demás...
... "Nada fuera de lo común", medito...
Era inevitable, el tamal se iba a acabar... Despejo el plato y me quedo escuchando al cuarteto, acompañado esporádicamente por aficionados, amantes del género o cantantes improvisados, que reciben su paga en cerveza o aguardiente...
... En ese momento, el hombre mayor termina su sancocho de gallina, limpia su boca con una servilleta, paga la cuenta (pues ésta debe ser cancelada en el acto) y sale al improvisado "proscenio", cuando su nombre es dicho, con la palabra maestro antepuesto, claro está... Mientras las ovaciones arrecian, soy consciente de que seré testigo de algo memorable... ya sea para bien o para mal...
Una vez con el micrófono en mano, el maestro agradece al público, a su suegra (ah?), a su mujer (la mujer más joven, obviamente) y a sus hijos, a los que ama con todo el corazón, y empieza su recital, donde términos tan delicados como Potranca, Enamorado, mi propiedad, Yegua... hacen parte de su manera bastante particular de decirle a su mujer, mientras la busca con la mirada cuánto la ama, a lo que ella contesta condescendiente con su mirada, con esa sonrisa poco expresiva y esa mirada parca pero cargada de sentimientos que caracteriza a todo aquel que fue enseñado a mostrar su afecto en cosas más prosaicas que un beso o una caricia, aquel que constantemente se incomoda con una caricia o un mimo, lo cual no desmiente en absoluto su afecto...
Mientras esto ocurre, mientras los hijos ven esta situación como algo natural entre sus dos padres y el público en general se embeleza con una enésima repetición de En Silencio, yo no puedo parar de maravillarme en este mundo, tan ajeno a la realidad circundante, al frío invernal de este país tropical, a la mirada sin identidad de los jóvenes que pasan al frente del local, que no saben si burlarse o sentir estupor... sigo embelesado, sin saber qué decir...
3:55, ya era hora, ya es tiempo de retirarme, y llegar con tiempo... me pongo de pie, no acierto a decir nada, solo me voy con una pequeña sonrisa y con un hondo agradecimiento por esta lección de pertenencia y amor por lo propio... "Y nosotros somos los avanzados?" me repetía yo, negando con la cabeza contínuamente, mientras caminaba de vuelta a lo mío, a mi cotidianidad, con una grata diferencia de este hombre que se fue, al hombre que llegó: mucho más contento y orgulloso de pertenecer a algo, y quererlo entrañablemente...
... Vaya uno a saber lo que los Spaghetti alla Bolognesa pueden hacer... increíble!
... pues, igual... no importa...
Por lo demás, todo sigue su curso normal, salgo con mi piano al hombro a la 1:30 a un lugar donde me esperaban a la 1:30; llego, y como es costumbre, aún no hay nadie (una costumbre milenaria de mi pueblo, para que entienda alguien de afuera, just in case). Claro! ¿qué sentido tiene reunirse a la 1:30, si lo importante era a las 4:30?
... Después de encontrarme con todos, y de preparar lo que tenía qué hacer, para lo que me habían llamado, veo la hora y noto que hace falta hora y media... una larga espera, pues me parece un despropósito volver a casa para salir de nuevo...
Justo en ese momento recuerdo que algo hace falta en la rutina diaria, no por vacío físico, sino por mecánica cotidiana, por exceso de tiempo, así que busco un lugar donde sentarme tranquilamente por un largo tiempo...
La única opción: un restaurante llanero, con música en vivo y ambiente familiar... resignado, me rindo ante la evidencia y entro a ese lugar, donde el sombrero es el factor común y se funde con el arpa, las maracas, el bajo y el cuatro, acompañando al destemplado cantante...
Me siento al frente de dos hermanos; él, de 17; ella, de 15... aproximadamente... justo después llega un hombre mayor con traje típico, acompañado de dos mujeres; una, ya mayor y otra bastante joven en comparación al hombre. A primera vista, parecen su mujer y su hija, respectivamente. El par de muchachos habrán de ser sus nietos, pienso yo.
Analizo las posibilidades, analizo mis bolsillos... no tengo opción: "Tamal llanero", escojo. Era eso, o chicharrón. Los dos muchachos observan a mi mesa apenas llega mi pedido, parecen reirse; imagino que les es ridículo ver a un caleño con guayabera comiendo tamal llanero... sus risas paran apenas volteo a mirarlos...
Al fondo, el eterno Em - Am - B7... el típico cuarteto llanero interpreta un joropo... El bajo retumba, mientras su dueño mira alrededor, aburrido por su constante repetición de notas (facilmente diagnosticado por su deseo de cambiar la melodía constantemente) el cuatro, tocado por el dueño del restaurante, casi no suena... mientras, el arpa se roba toda la atención y su intérprete observa al público con esa acidez displicente que acompaña a los virtuosos de medio rendimiento... El de las maracas, con una resistencia física envidiable, resiste implacable, con constancia y movimientos aguerridos, cada una de las canciones, así esté definitivamente fuera de tiempo, en comparación a los demás...
... "Nada fuera de lo común", medito...
Era inevitable, el tamal se iba a acabar... Despejo el plato y me quedo escuchando al cuarteto, acompañado esporádicamente por aficionados, amantes del género o cantantes improvisados, que reciben su paga en cerveza o aguardiente...
... En ese momento, el hombre mayor termina su sancocho de gallina, limpia su boca con una servilleta, paga la cuenta (pues ésta debe ser cancelada en el acto) y sale al improvisado "proscenio", cuando su nombre es dicho, con la palabra maestro antepuesto, claro está... Mientras las ovaciones arrecian, soy consciente de que seré testigo de algo memorable... ya sea para bien o para mal...
Una vez con el micrófono en mano, el maestro agradece al público, a su suegra (ah?), a su mujer (la mujer más joven, obviamente) y a sus hijos, a los que ama con todo el corazón, y empieza su recital, donde términos tan delicados como Potranca, Enamorado, mi propiedad, Yegua... hacen parte de su manera bastante particular de decirle a su mujer, mientras la busca con la mirada cuánto la ama, a lo que ella contesta condescendiente con su mirada, con esa sonrisa poco expresiva y esa mirada parca pero cargada de sentimientos que caracteriza a todo aquel que fue enseñado a mostrar su afecto en cosas más prosaicas que un beso o una caricia, aquel que constantemente se incomoda con una caricia o un mimo, lo cual no desmiente en absoluto su afecto...
Mientras esto ocurre, mientras los hijos ven esta situación como algo natural entre sus dos padres y el público en general se embeleza con una enésima repetición de En Silencio, yo no puedo parar de maravillarme en este mundo, tan ajeno a la realidad circundante, al frío invernal de este país tropical, a la mirada sin identidad de los jóvenes que pasan al frente del local, que no saben si burlarse o sentir estupor... sigo embelesado, sin saber qué decir...
3:55, ya era hora, ya es tiempo de retirarme, y llegar con tiempo... me pongo de pie, no acierto a decir nada, solo me voy con una pequeña sonrisa y con un hondo agradecimiento por esta lección de pertenencia y amor por lo propio... "Y nosotros somos los avanzados?" me repetía yo, negando con la cabeza contínuamente, mientras caminaba de vuelta a lo mío, a mi cotidianidad, con una grata diferencia de este hombre que se fue, al hombre que llegó: mucho más contento y orgulloso de pertenecer a algo, y quererlo entrañablemente...
... Vaya uno a saber lo que los Spaghetti alla Bolognesa pueden hacer... increíble!
... pues, igual... no importa...